LAS COSAS DESDE LOS EXTREMOS




No soy la autora de estos relatos, sólo su recopiladora.
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Dedicado a todo aquel que está dispuesto a sacrificarlo todo por un dogma.
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Primer relato:


Vives en tu casa, con tu familia. Desde hace años hay un malandro (por lo menos así es como tú lo ves y lo llamas) que le tiene ganas a tu casa. Mientras estabas joven y fuerte, el malandro te estudia y espera su momento. Años más tarde, ya más viejo y débil, el malandro decide que ha llegado el momento de consumar su deseo. Rodea tu casa con sus compinches. Armado. Con una capacidad de fuego mucho más fuerte que tu capacidad de defensa. Te conmina a irte de tu casa. Dice que no te hará nada. Y que respetará a tu familia. Tú, por supuesto te niegas (una vez más). Y comienza a apretar.
Te cierra las llaves de paso del agua. Tú le pides a tu familia que resista. Te desconecta las bombonas de gas. Te corta los cables de luz y teléfono. Tú le dices a tu familia que debe resistir por la dignidad. Que esa casa es tuya y de allí nadie los saca. Que no puede ser. Pero entonces la comida se acaba. No puedes comprar comida, y nadie puede llevarte provisiones (obviamente). Y tú y tu familia comienzan a pasar hambre. Y tú sigues pidiéndole que aguanten, dignamente. Y que te protejan. Y te respalden. Se va poniendo fea la cosa. Comienzan a amenazarte con sacarlos a la fuerza. Te envalentonas y dices : Mi honra está en juego y de aquí no me muevo. Aquí hay una familia arrecha y digna que defenderá esta casa. Que responderá a los ataques, porque somos pacíficos pero no estamos desarmados. Van con todo. Máximo poder de fuego listo. Pero tú no te vas. Y... A todas estas, parte de la familia te acompaña en el sentimiento, otra parte, simplemente está allí, encerrada, asustada, y sabiendo que, si disparan, si entran a la fuerza para sacarte, las balas pueden alcanzarlos a todos por igual.


Segundo relato:

Tú vivías en una casa, con tu familia. Un día sales a trabajar, como sales todos los días. Y al regresar te das cuenta de que un malandro está metido en tu casa con tu familia. Parece un secuestro. Después de analizar bien la situación, de buscar varias maneras de sacar al malandro de tu casa, decides que no puedes hacerlo tú solo, y llamas a la policía. Con la policía en la línea, intentas iniciar las negociaciones, pero todo parece indicar que al susodicho le encanta tu casa y que piensa quedarse a vivir allí para siempre. Algunos familiares lograron salir, pero buena parte de tu familia se ve atrapada. Está encerrada en esa casa que controla el malandro. Se terminan las negociaciones y comienza el amedrentamiento. La policía está bien equipada. Tiene buena capacidad de fuego. Dan plazos. Cortan el agua, la luz, el gas, las comunicaciones. Bloquean el paso de comida a la guarida. El malandro, por supuesto, está bien abastecido en su bunker. Tú familia no. Y está asustada y hambrienta. Aunque una parte está convencida de que ¡Ahora sí!, el malandro va a caer (pero no). Sacan los cañones, los fusiles, lanzan una lacrimógena para asfixiarlo. Tú familia también se asfixia. Pero algunos celebran: Ya lo van a sacar! Nos asfixiaremos, pero a éste lo sacamos hoy de acá! Gracias señores comandos! No nos importa asfixiaros (hasta que de pronto se dan cuenta de que ellos se asfixian pero el malandro tiene máscara antigas). Allí la policía reacciona: poder de fuego máximo contra ese malandro! Y... A todas estas, parte de la familia te acompaña en tu temeraria iniciativa, otra parte, simplemente está allí, encerrada, asustada, y sabiendo que, si disparan, si entran a la fuerza, las balas pueden alcanzarlos a todos por igual.

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